El día que Lendl dejó de ser un perdedor

Era 9 de Junio de 1984, Ivan Lendl estaba exhausto tras 4 horas de duro tenis, se encontraba altamente deshidratado y en no muy buenas condiciones. El entrevistador al final de los partidos empezó la entrevista con un gran cambio “Ivan, una pregunta que nunca más podré hacerte: ¿Por qué no puedes ganar un gran torneo?”
Ivan Lendl, el número 2 del mundo, que había ganado hasta entonces 39 títulos, era el convidado de piedra de la final de Roland Garros de 1984. Las razones eran varias, John McEnroe, el otro finalista y número 1, estaba en la mejor forma de su carrera con una racha de 42 victorias consecutivas. Más allá, McEnroe había dominado a Lendl es sus últimos 6 enfrentamientos, incluyendo dos en tierra batida, la superficie de esta final.

Pero, la razón más grande era la incapacidad de Lendl para ganar grandes finales. Al llegar a esta final, Lendl había perdido 4 finales de Grand Slam: contra Borg en el 81 en este mismo torneo, contra Jimmy Connors en las ediciones de 1982 y 1983 del Open USA, y contra Mats Willander en 1983 en la por entonces hierba de Australia. Por todas estas razones, no había dudas de quien era el favorito para ganar la final.

El partido empezó como se había predicho, con McEnroe aplastando, sirviendo consistentemente, jugando sin errores en la red y poniendo lejos del alcance del checo cada volea.

Incluso los líneas parecían tener miedo del siempre protestón McEnroe, ya que todas las pelotas dudosas se decidían contra Lendl. Mac estaba en tan buena forma que rompió el saque a Lendl tres veces incluso cuando este estaba sacando con un 75% de primeros servicios, para ganar los dos primeros sets 6-3 y 6-2.
El partido parecía que iba a acabar por la vía rápida y que por fin se iba a terminar la maldición de los estadounidenses sobre la tierra batida, el último que había ganado en esta superficie era Tony Trabert en 1954.

Los críticos ya estaban preparados para evaluar el impacto de otra final de Grand Slam perdida por Lendl, pero algo ocurrió que cambió el curso del partido.
Con 1-1 en el tercero, Mac enfureció con un cámara porque llegaba a oir las instrucciones que le daba un director a través de los cascos. A partir de ahí perdió la concentración y ya no sirvió al mismo nivel, pasó de servir con 60 % de primeros en los dos primeros sets, a un paupérrimo 35% en los tres siguientes.

Además, Lendl empezó a usar su globo de manera eficiente, lo que resultó en una serie de fascinantes puntos en los que jugaban al gato y al ratón, pero en los que Lendl empezaba a tener la buena mano, que hasta entonces no había tenido, para acabar superando las subidas a la red McEnroe. El checo también empezó a mezclar juego de fondo con saque y volea, y empezó a jugar dentro de la pista para no dar tanto tiempo a Mac de subir a la red.

McEnroe estaba inseguro sobre que hacer, empezó a quedarse en el fondo incluso con su primer servicio, y acabó perdiendo el tercer set por 6-4.
El cuarto set fue el momento de dar la vuelta al partido. Lendl se vino arriba de manera imparable tras remontar un 1-4 abajo y salvar 5 bolas de break en el sexto juego, incluyendo un 0-40 en contra, para llevarse el set por 7-5.

El quinto set iba ser el definitivo para probar los nervios de Lendl. Incluso cuando el exhausto McEnroe le puso un temible 0-30 en el séptimo, Lendl siempre pareció tener el control del set. Con 5-6, McEnroe se encontró con dos bolas de partido en contra. El estadounidense sacó dos excepcionales primeros servicios, terminando el primero con un golpe ganador, pero en la segunda tiró fuera una volea muy sencilla. Lendl levantó los brazos lleno de felicidad, por fin se había quitado un gran peso de encima.

McEnroe ya nunca más estuvo tan cerca de ganar Roland Garros, mientras que Lendl lo ganó dos veces más y otros cinco Grand Slams. Considerando los dos jugadores que se enfrentaban, la calidad, y la duración del partido, esta es una de las mejores finales de la historia de Roland Garros, y quizás el partido que alejó a McEnroe de entrar en el grupo de los Rod Laver, Bjon Borg, Pete Sampras, Roger Federer y ahora, Rafael Nadal.