Cuando las canastas valian dos puntos

Como uno ya va para viejo y la perspectiva del tiempo aplana las distancias, la historia de baloncesto que más veces he contado es una que no llegué a vivir personalmente, porque ocurrió lejos de España cuando quien suscribe era aún estudiante (y no de Periodismo, que eso vendría más tarde, sino de Medicina). Es la historia de la autocanasta que Pedro Ferrándiz hizo anotar a Lorenzo Alocén. A seguido, ya metidos en harina, la del jugador belga que no se enteró bien del asunto, trató de repetir la jugada y organizó un lío tremendo.

Que un historiador no haya presenciado los hechos que cuenta suele ser lo habitual, pero en este caso uno tiene referencias muy directas y variadas como para sentirse una autoridad en la materia. O sea, acerca de lo que sucedió en la vieja pista del Ignis de Varese (comparada por algunos con una cuadra) cuando alboreaba el año 1962.

Era un enfrentamiento en los cuartos de final de la Copa de Europa, una competición que por entonces era poco más que un bebé, porque cumplía su cuarto año de vida. Estaban en liza los campeones español (Real Madrid) e italiano (Ignis de Varese), dos equipos que han escrito muy brillantes páginas en la competición continental de la que han sido repetidamente campeones. Los números de aquel duelo resultan engañosos, porque indican que en Italia se dio una corta victoria del Ignis (82-80) fácilmente superada en Madrid (83-62). Y, sin embargo, el primero de los partidos, jugado el 18 de enero de 1962, se solventó con una jugada tan ingeniosa como maquiavélica que originó un nuevo artículo en el reglamento para evitar que volviese a suceder lo que sólo una persona había osado imaginar.

El Comendatore Borghi, mandamás del Ignis, declinó una gentil oferta del Olimpia de Milán (el famoso Simmenthal de aquellos tiempos) para que el partido se jugase en el Palacio de los Deportes de la gran ciudad lombarda, donde podrían reunirse más de 6.000 personas. El gran ‘capo’ del equipo quería un ambiente muy cálido para recibir al Real Madrid y el duelo se jugó, finalmente, en la pequeña sala varesina donde 2.000 aficionados llenaban el recinto de forma absoluta. Era una sala destartalada, con suelo de cemento, escasa iluminación y que más parecía una fábrica privada de sus máquinas que un recinto para el deporte.

Los hinchas de Varese gritaban, hacían ruido con manos y pies, lanzaban petardos, encendían bengalas… Era un buen intento de acoquinar a los visitantes, pero el Real Madrid estaba acostumbrado a jugar en ambientes igual de cargados y no menos hostiles y el equipo entrenado por Pedro Ferrándiz tomó la delantera con autoridad con marcadores sucesivos de 10-20, 18-29, 26-38 y 36-44 en el descanso.

La olla a presión varesina comenzó a pesarle al árbitro francés De Redevilher y el asustado caballero anuló en esa segunda parte hasta seis canastas del Real Madrid con lo que se ganó las más encendidas protestas por parte del banquillo blanco. Conforme se acercaba el desenlace, el Ignis se iba creciendo mientras en el Real las personales comenzaban a ser una seria amenaza.

A dos minutos del final los españoles ganaban por diez puntos (68-78), pero quedaban eliminados, sucesivamente, Carlos Sevillano y Stan Morrison. A 27 segundos del desenlace, el Ignis ya estaba a cinco puntos (75-80). El húngaro Toth lograba dos canastas para el Ignis y convertía un tiro libre en un abrir y cerrar de ojos, con lo que el marcador registraba empate a 80 puntos cuando el reloj indicaba que el final estaba a sólo dos segundos. Pedro Ferrándiz pidió tiempo muerto…

Mucho se ha escrito sobre lo que sucedió entonces, pero a menudo con escaso rigor. El propio Ferrándiz cuenta que en el asunto no hubo improvisación en absoluto: “Ya había hablado con los jugadores de una contingencia parecida y la conclusión a la que habíamos llegado es que más valía perder por dos puntos, que se podían remontar en casa, que ceder una prórroga en la que podíamos recibir un revés importante.

“El asunto era que si le dábamos el balón al adversario, como si nos hubiésemos equivocado, a lo mejor no querían o no acertaban a meter canasta. Había que hallar un método infalible y yo creía tenerlo. La solución me parecía obvia: se trataba de romper el empate con una canasta introducida en el aro propio y esto ya lo habíamos discutido varias veces; la última, en el hotel donde nos alojábamos.

“Quiero decir que no fue un arranque de genialidad, sino el fruto de una reposada meditación anterior, así que cuando pedí el tiempo muerto fue simplemente para ordenar las ideas y que no hubiese dudas sobre quién tendría que hacer cada cosa. Le ordené al base, Lluis, que sacase de fondo sobre Lorenzo Alocén, un pívot con nervios de acero, y que éste metiera la canasta que había de autoderrotarnos. No esperaba dificultades, porque los italianos se irían a defender a su zona, y en eso también acerté, porque no se les ocurrió presionar el saque.

“En explicar la jugada apenas se me fueron quince segundos, así que tuve tiempo sobrado para ampliar las instrucciones. Les advertí que nada más marcada la canasta se retirasen a toda prisa hacia el vestuario por si había problemas”.

La medida podía ser antideportiva, pero era prudente: el marcaje tremendo de Gavagnin a Wayne Hightower, nueva estrella del Real Madrid, le había costado una lesión al norteamericano. Ya eliminados Sevillano y Morrison, Emiliano y Sáinz estaban con cuatro personales, en tanto que Lluis y el propio Hightower sumaban tres. El árbitro francés, claramente aterrorizado, sólo usaba el silbato en favor del Ignis y los cinco minutos de la prolongación podían ser la tumba de las esperanzas madridistas.

Cuando se reanudó el juego, con saque de fondo, Lorenzo Alocén recibió el balón, se giró hacia su propia canasta y consiguió el más cómodo y el más polémico enceste de su dilatada carrera deportiva. Un instante después sonó la bocina de la mesa de anotadores y los madridistas se refugiaron en los vestuarios a toda prisa, como se les había dicho.

Entre el público reinaba la estupefacción. Primero hubo risas por el error. Luego aplausos por la victoria. Por fin alguien comprendió lo que había sucedido y llegó la ira. Pero el marcador era un 82-80 para el Ignis y los italianos tendrían que hacer buena esa corta diferencia en Madrid.

El Ignis logró 32 canastas en juego incluyendo la de Alocén, que se contabilizó en el haber del capitán del Ignis, Gavagnin. El Real Madrid sumó 36 canastas y ninguna de ellas correspondió al pívot internacional aragonés. Sin embargo, sus dos puntos dieron más que hablar que todos los otros juntos.

La escuadra varesina protestó ante la FIBA por la autocanasta. Clamaron en vano, por más que la razón moral estuviese de su parte. El Real Madrid no había vulnerado ningún artículo del reglamento, así que el resultado tuvo que darse por bueno. Unos meses más tarde, en la siguiente reunión de los prohombres de la FIBA, alguien llevaba preparada una enmienda que se incluía en el reglamento como un apartado con validez para la Copa de Europa y todas las demás competiciones: “La autocanasta anotada en los últimos instantes de un partido que evite un empate como resultado final, comportará la inmediata descalificación del equipo al que pertenezca el jugador autor de la autocanasta”.

Pero, entre tanto, se había disputado el partido de vuelta, el 7 de febrero en Madrid y no está de más que recordemos algunos detalles de lo que significaba la solución a la genialidad de veinte días atrás, en la localidad subalpina de Italia. El duelo se desarrolló en el viejo y pequeño Frontón Fiesta Alegre. El público de baloncesto madridista solía ser frío y distante, como en la actualidad, pero la historia de lo sucedido en Varese había trascendido a través de la prensa y muchos seguidores del equipo de fútbol, poco versados en el deporte de la canasta, se habían reunido en la céntrica sala madrileña para recibir al campeón italiano con una pita descomunal, en correspondencia con la animadversión que sus chicos hallaron en el encuentro de ida.

En aquel ambiente desusadamente cálido, los varesinos parecían asustados y los madridistas en la gloria, a sabiendas de que aquel público no era el suyo habitual. El caso es que Garbosi, el entrenador italiano, falló en su planteamiento del partido. Había diseñado una defensa en zona 2-1-2 tratando de ahogar en ella a Wayne Hightower, pero olvidaba que el equipo español tenía a Emiliano Rodríguez y a Carlos Sevillano, dos velocísimos aleros prestos siempre a correr la cancha para recibir un pase tras el rebote que dominaban en su zona los dos americanos, Hightower y Morrison. Nada extrañó que cuando el anonadado Garbosi pidió su primer tiempo muerto en el octavo minuto de juego, el marcador señalase un 19-3 que marcaba el signo del partido que no había de variar hasta el final: 83-62.